El ritual del café solo

Suelo tomar café con leche por la mañana y de vez en cuando, un cortado por las tardes. Sin embargo, nunca me he atrevido con un “solo” auténtico.

Siempre me ha gustado el olor a café recién molido aunque nunca me ha gustado el café solo y sin azúcar. Recuerdo haberlo probado alguna vez cuando salía a comer con mi abuelo pero por muchas ganas que le pusiera, aquello no me gustaba.

Tengo un compañero de trabajo que aunque es de nacionalidad griega, domina el italiano y sus costumbres, ya que ha vivido 10 años en Bolonia.

Tras varias conversaciones sobre café, veo que he aprendido mucho sobre lo distintos tipos y mezclas, los diferentes orígenes y las costumbres cafeteras de los italianos.

Ha llegado el momento. Estoy preparado para darle otra oportunidad al café solo y sin azúcar.

En un descanso de 10 minutos, vamos al bar de la esquina a tomar un café. En la misma barra, el camarero italiano nos pregunta qué queremos y le decimos que un café (corto).

Tras asentir con la cabeza y sin hacer ni una pregunta, nos sirve dos tazas que no tienen más dos dedos de café. Ya solo con el olor que desprenden, la experiencia merece la pena.

Examino la taza: el aroma es intenso y la consisencia perfecta: ni muy líquido ni muy denso.

Lo bebo en dos sorbos y la intensidad del sabor es muy alta. Noto algo diferente. Es un café 100% arábica y tal y como me había descrito mi compañero, lo reconozco suave, poco amargo y con un sabor ligeramente dulce.

Aun sin tener azúcar ni leche, el sabor es excelente y aunque la taza tiene para dos sorbos, el sabor permanece unos minutos.

En el camino de vuelta llego a la conclusión de que para disfrutar de un buen café, tienes que haber probado al menos cien cafés de mala calidad.

taza de café solo
Café solo